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UMSNH: Presupuestos, mala fe y “equilibrio” – La Opinión de Teresa Da Cunha Lopes

En los dos últimos meses, los poderes estatales – ejecutivo y congreso- han propuesto y, en su caso, aprobado reformas que alteran la autonomía de la Casa de Hidalgo sin solucionar, ni la necesidad de una Reforma orgánica integral ni su rescate financiero.

Primero, promulgaron en años consecutivos rebajas directas al presupuesto y/o eliminación de recursos extraordinarios, al mismo tiempo que incumplían con la firma de los acuerdos tripartitos y con la ejecución de los convenios de ejecución operativos.



Acto seguido votaron, firmaron y ratificaron un decreto de reforma constitucional, munido de los infames “transitorios”, que erosionan, en vez de fortalecer, a la autonomía de la UMSNH, al mismo tiempo que instalan, a nivel constitucional, un “acuerdo” presupuestario indexado a la matrícula y que no contempla reajustes inflacionarios ni refinanciación del déficit lo que elevará la deuda a niveles incontrolables.

Por último, el Gobierno publica, semana tras semana, declaraciones sobre otros recortes y, sobre el desentendimiento total del problema financiero de la UMSNH que son de lo más mezquino y, que no “castigan” a la autoridad si no que a los más vulnerables, o sea a los trabajadores y a los académicos. Indirectamente, también, a la mayoría de las familias trabajadoras del Estado cuyos hijos son alumnos de la Máxima Casa de Estudios, objeto de un encono político que raya lo ilógico.

Ver todo esto debería provocar enojo; a mí, desde luego, me enfurece. Pero mi ira no va dirigida principalmente contra los políticos; va dirigida contra quienes se lo permiten, los burócratas profesionales de la UMSNH, los “expertos” de doble cara y los medios informativos que pasaron años negándose a reconocer que las campañas, año con año, contra la Casa de Hidalgo son lo que tan claramente son: un ataque a la Universidad pública en la batalla por la mercantilización (privatización) de la educación.

Por otro lado, los últimos rectores han permitido la acumulación del déficit debido, no solo a la crisis anual financiera producto de recortes presupuestales, sino también, a la acumulación de irregularidades y desequilibrios, fruto de una administración interna de recursos que no es ni transparente ni eficiente. Y, los que más vociferan respecto a una crisis de deuda sistémica son los que han aprobado presupuestos que no contemplan ni reingeniería administrativa, ni reformas consecuentes, pero, que sí han sido maleables y políticamente cómplices de una reducción de asignación de recursos, de una expansión regional sin planeación y del mantenimiento de gastos suntuarios escandalosos.

Y parece que, si al menos algunos se han dado cuenta, y que incluso han establecido una conexión entre la merma de ingresos y los intentos desde el aparato del estado y del congreso de socavar el acceso a programas de educación superior de calidad a personas con menos recursos o con origen indígena, en la realidad han hecho suya esta política de discriminación, a través de nuevos reglamentos de inscripción que no contemplan una verdadera igualdad de oportunidades.

Es cierto que, en algunas ocasiones, el actual Rector Medardo Serna sigue presentándose como alguien que defiende los intereses de los trabajadores y académicos de la UMSNH de a pie frente a la “clase” política. Sin embargo, lleva en el cargo 3 años y medio, tiempo suficiente como para ser juzgado por lo que hace y no por lo que dice. Y su rectorado se ha decantado en contra de los trabajadores y de los académicos en todos los frentes, tal como el de otros en los períodos anteriores.

Pero la historia de estos últimos rectorados sin “gloria” y sin rumbo no acaba en la política inmediata, ni en las omisiones ni en la ausencia de resultados. Habría que mirar también los nombramientos de los “funcionarios”, un número siempre en expansión, a pesar de un discurso “oficial” de reingeniería administrativa y de simplificación de procesos. En lo que se refiere a políticas que afectan a los trabajadores y a los académicos, se ha creado un equipo gris: casi todos los cargos importantes han ido a parar a miembros de grupos de presión o a personas con fuertes vínculos con los grupos de la “grilla” y/o con el mantenimiento del nepotismo.

Desconozco la respuesta a la crisis actual ( ni tengo la pretensión de poder aportar sola y de forma individual, una solución), pero pienso que la explicación convencional —que el rector, perezoso y enormemente ignorante de los detalles de la política, se ha dejado capturar “involuntariamente” por la “burocracia” universitaria— subestima al hombre y hace que parezca mejor de lo que es. En cualquier caso, con independencia de sus motivaciones, el rector en funciones es lo contrario a un “académico-investigador” y, el ejemplo perfecto del burócrata ineficiente. Y no, su episodio efímero de activismo nicolaita, plasmado en las dos marchas de mayo 2018, de guerra “contra” el decreto y de denuncia de los recortes, no cambia mi opinión crítica sobre quién ha estado en silencio institucional en los tres años anteriores.

Los medios pueden contar lo que el rector hace sin usar palabras que le atribuyen un mérito que no merece. Él ha estado engañando a los trabajadores y a los académicos, pero los medios no tienen por qué ayudarle a hacerlo, en particular en un período en que intenta influir en la designación de un sucesor para perpetuar el control de su grupo sobre el aparato (y los recursos) de la Universidad.

Ahora bien, lo que está en juego en la designación del próximo rector, no es el mantenimiento del “equilibrio” entre grupos de interés; es la supervivencia misma de la UMSNH. No olvidemos que, el “mensaje” de los últimos tres rectores (y, de paso, de los últimos dos gobernadores) a la comunidad nicolaita y a la Benemérita y Centenaria institución con problemas crónicos de “salud” presupuestal y de transparencia administrativa ha sido muy sencillo y, totalmente, claro: “Moríos”

Como comunidad, tenemos que reconocer el fracaso del “bálsamo milagroso” de los rectores con “doctorado” que, a pesar de su dudosa “legitimidad” -designación simulada en un “Consejo” cuya “independencia” sólo es visible en la falta de reglas con que opera internamente- cada cuatro años nos daban la “esperanza” del cambio de una institución politizada a una IES totalmente académica. El fracaso ha quedado demostrado. No es una cuestión de grados académicos es un problema de cultura organizacional y de sumisión a un paradigma de mercantilización de la Educación Superior.

La conclusión es que los recortes de presupuesto a la educación, en particular a la educación superior ya no son tan fáciles de vender como antes. Su comportamiento de tácita (o de no tan tácita) aceptación de las disfuncionalidades internas tampoco. Lo mismo para las trabas burocráticas al acceso general y gratuito a la universidad. Lo que hace que nos preguntemos qué les queda a los representantes del “status quo” universitario.

En este contexto concreto, de total desilusión ante la ineficiencia administrativa y la falta de oficio político, las afirmaciones apasionadas de que autoridades, burócratas y “grilleros” son más “nicolaítas” que los trabajadores y académicos ya no funcionan, más que sea porque nadie se las cree.

Me refiero a que la pretensión de que defienden los valores “nicolaítas” ha perdido gancho en parte porque la comunidad universitaria que se ha vuelto menos tolerante a la corrupción es, también, hoy por hoy, esencialmente más crítica.

Aun así, pienso que los verdaderos nicolaítas no tienen por qué desesperarse. Después de todo, siempre podemos recurrir a la resistencia y a la fuerza con que hemos mantenido, por más de un siglo, funcionando y, con resultados positivos visibles en los rankings académicos, a la Casa de Hidalgo. Y con el fiasco de las últimas tres administraciones, yo predigo que en los próximos meses veremos muchas apelaciones implícitas, e incluso explícitas, al cambio. A un cambio que refleje esa ola de indignación que permeó a la Nación en los últimos meses y que permitió una nueva esperanza, un cambio que no aceptará ni la destrucción de la Universidad, ni tampoco la “continuidad” ni la simulación al interior de la Casa de Hidalgo.

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