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Necios, soberbios, incrédulos, viscerales, toscos, acarreados. La opinión de Benjamín Mendoza

 

Y ¡Sí! Así es como han sido, así es como son y así es como serán. Necios, soberbios, incrédulos, viscerales, toscos, acarreados, así los queremos, así los incluimos, así nos gustan. El fin de semana pasado, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, visitó Michoacán: Zacapu, Uruapan y la capital, Morelia, fueron las ciudades escogidas por el ejecutivo y su equipo de colaboradores para presentar, con el acompañamiento del gobierno estatal, el arranque de una serie de programas sociales, incluyendo las becas para jóvenes tan criticadas por propios y extraños. Con las cartas echadas, los pertrechos caducos de la oposición se aventaron al ruedo.

Necios, muy necios. Los simpatizantes del partido que encumbró al hoy gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, siguen sin entender que la política ha cambiado, que desde hoy se pone al servicio del pueblo como una herramienta de participación, de transformación, no de enriquecimiento y culto a la personalidad. Los perredistas no dan crédito a lo que ven, no comprenden que el pueblo eligió hace casi un año y que lo sigue refrendando en cada acto público del presidente. La oposición se mantiene en su lógica, a pesar de tener la marea en su contra, la oposición se aferra al mundo aristócrata, a la vida pública como una religión, al culto al “líder”, claro está, hasta que éste deje de serlo. Necios, muy necios.

Soberbios, muy soberbios. Los correligionarios de Aureoles siguen sintiéndose de la realeza, con sangre azul. Ven al pueblo por encima del hombro, con desdén, con rencor. Sobrados en su actitud, odian los “baños de pueblo”, prefieren apartarse en los mítines, denostando a los miles de obradoristas que con su convicción sumamente firme y su esperanza por delante, que son las únicas dos cosas que muchos de éstos tienen, van a la “bola” expectantes por la aparición del presidente. Agrandados, retan al ejecutivo a cumplir un sinfín de promesas de campaña inexistentes, a solucionar los problemas del país que se han arrastrado hasta por 200 años, se burlan del pueblo cuando éste necesita de ellos, endosan nominas, ignoran errores antes que aceptarlos, se sienten superiores, nos perciben inferiores, no merecedores, sin capacidad ni derecho a opinar, a gobernar. Crecidos, en su inmenso narcisismo, se van silbando. Soberbios, muy soberbios.

Incrédulos, muy incrédulos. Según los detractores silvanistas, cualquier hora es buena para lanzar la acusación, para lanzar la piedra y esconder la mano. Acusan de incumplimiento al gobierno federal, no pueden creer que exista un mandatario que camine codo a codo con el pueblo, que reparta la riqueza del país entre los más necesitados, que de la cara todas las mañanas, que venga a Michoacán y qué, lejos de confrontarse, busque la inclusión, el respeto y el trabajo en conjunto, a pesar de saber que esto puede manchar, en algún momento su imagen. No creen que el presidente pueda pararse frente a ellos, sin guardias, sin actitud mezquina, sin ojos de mando, con una sonrisa y les diga “amor y paz”. Incrédulos, muy incrédulos.

Viscerales, muy viscerales. Los demócratas anti dictaduras y autoritarismos estallan al mínimo comentario en contra, no toleran las críticas, pero ellos critican incisivamente cualquier error, hasta los de “dedo”, por mínimo que éste sea, siempre lo maximizan. Hablan de polarización, cuando ellos fueron los primeros y, siguen siéndolo, en dividir al pueblo, en calificarlo, en ponerlo entre “la espada y la pared”, “¿Tu trabajo o tu simpatía política?”. Como fieras enardecidas, como gladiadores sedientos de sangre, hacen presencia en los actos públicos, confrontadores, violentos; gritan, ofenden, golpetean, insultan, agreden, esperando no ser una nota sino “la nota”, esperando que perdamos la calma, que se acabe la paz y el amor, que el ejecutivo pierda la brújula de la paciencia y arremeta contra ellos, para entonces llamarlo represor. Provocadores como son, se lanzan cuales perros bravos sin fundamentos, con odio, con ira. Mientras su puño es de hierro, sus argumentos son de papel, mientras golpean al pueblo, piden tregua al presidente… ¡Hipócritas! Viscerales, muy viscerales.

Toscos, muy toscos. El PRD recurre, justo en estos tiempos, al discurso del rescate nacional. Mintiéndole al pueblo, utilizando la retórica priista, exaltan su pasado popular, su reivindicación social y su origen revolucionario. Recuerdan, ahora sí, el cardenismo, exaltan su carácter de izquierda, su condición obrera, magisterial, estudiantil, campesina, guerrillera. Hablan de Heberto, de Ibarra de Piedra, de Lucio, de Genaro, de la “23”, de la sangre vertida, del EZLN. Prometen recuperar el petróleo, asistir a los necesitados, repatriar empresas, generar empleo, ir de casa en casa, formarse políticamente, acabar con la corrupción. Los paladines del cadáver amarillo representado por “El señor de los helicópteros” en Michoacán, se quedan sin ideas, gritan consignas atemporales, teóricamente improbables, tergiversadas, tendenciosas ocurrencias. Sin imaginación, hacen y dicen lo mismo que los que tanto criticaron, se han convertido en lo que juraron destruir y todavía apuestan a que el pueblo les creerá. En éstos tiempos, diferenciamos más rápido a un chino de un coreano que al PRD del PRI. Toscos, muy toscos.

Acarreados, eran acarreados. En los lugares donde el presidente de la república, se presentó el fin de semana pasado, fue bastante evidente, principalmente en Morelia, la presencia de asistentes por consigna más que por convicción. Con silbatos y matracas, sigilosamente se infiltraron entre el público que esperaba con ansias las palabras siempre emotivas de un firme y seguro Andrés Manuel López Obrador. Con indumentaria patrocinada por los impuestos de los michoacanos, pasaron lista los movilizadores, abierta y descaradamente, entre el tumulto de conciencias. Los más notorios fueron los funcionarios públicos de alto y medio nivel así como los burócratas qué, acostumbrados a no trabajar u obligados para conservar su empleo, gritaron y silbaron a favor del gobernador. Unos lo defendían, otros lo justificaban, otros lo vitoreaban, otros provocaban, empujaban, golpeaban, discutían, debatían, expropiaban agravios personales para convertirlos en agravios nacionales, culpaban. Por temor al abucheo y a reflejar, notoriamente, en el espacio público, el repudió plasmado en encuestas que el pueblo de Michoacán le tiene a su gobernador, los perredistas, en concreto, los silvanistas, estuvieron dispuestos a regalar una torta y a pisotear, si todavía es que tienen, su dignidad. Acarreados, eran acarreados.

Sin importar colores y filias, así los queremos, así los incluimos, así nos gustan. Un gobierno de izquierda progresista como el que presume encabezar Andrés Manuel López Obrador no puede hacer otra cosa que llamar a la conciliación y al trabajo en conjunto, no puede hacer otra cosa que esperar a que el pueblo, por si mismo, tome las riendas de la sociedad, de las instituciones y éste, empoderado, se haga justicia castigando a los corruptos qué, como Aureoles, saquean, roban, golpean, asesinan y se burlan, acabando con la impunidad y devolviéndole la paz a uno de los estados que tanto ha padecido por ella. Un gobierno humanista no está para perseguir, para cazar, el pueblo, como receptáculo de la soberanía nacional y máxima autoridad, sí. ¿Cuándo es que esto sucederá? No lo sabemos, pero en los barrios y las comunidades, el pueblo, lenta pero placenteramente, sigue afilando sus machetes. No nos importa su indolencia, así nos gustan, así los incluimos, así los queremos, necios, soberbios, incrédulos, viscerales, toscos, acarreados.

 

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