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Mamá Rosa…la piedad que nos señala

Por Misael Sabás Vargas 

Hace días se publicó una noticia vía la redes sociales, un fuerte operativo policíaco estaba ingresando al edificio de La Gran Familia en Zamora Michoacán; fue impactante fue leer que a Mamá Rosa la habían aprehendido y estaba bajo investigación por varios delitos de gravedad, así como también los niños alojados en tal lugar quedaban a resguardo de las autoridades locales y estatales. Estaba en shock, no engañaré a nadie al confesar que pensé “¡Por fin actuaron!”. Rápidamente mis contactos en la Atenas de occidente comenzaron a informar cómo estaba dándose el operativo y las opiniones tanto a favor como en contra comenzaron a expresarse.



Recuerdo todavía aquella tarde noche que en el auditorio de El Colegio de Michoacán Mamá Rosa presentó a sus niños tocando diestramente los instrumentos brindado un concierto conmovedor tanto por la maestría con que se desempeñaban los menores a su cargo como por todo el esfuerzo que implicó dotarlos de los medios necesarios para brindar un performance musical. Esa tarde también pude escuchar su lenguaje florido y rico de leperadas…sin embargo, al igual que muchos, pensé que era más un recurso para llamar la atención y hablar con honestidad sobre los esfuerzos que debe realizar una persona para hacerse cargo de labor tan loable.

Al pasar el tiempo, mi esposa y yo nos fuimos dando cuenta de lo hondo que cala la ideología conservadora y represora del catolicismo en la Sultana del Duero –como en gran parte del occidente mexicano. Dicha condición social permite entender por qué muchos agentes asociados o cercanos a grupos panistas y católicos en Michoacán cuentan con enorme protección. Llegaron a nuestros oídos entonces las primeras leyendas urbanas de Mamá Rosa, la cual tenía la función social equivalente al “Coco” o el “Señor del costal” de la zona centro de México para hacer obedecer a los chiquillos y chiquillas. Peor aún fue cuando nos vinculamos con otras personas que de primera mano nos comenzaron a brindar los testimonios de violencia y maltratos que recibían los niños en La Gran Familia.

En otras ocasiones, al vivir justo a media cuadra del mercado fuimos testigos de cómo Mamá Rosa, con un lenguaje más que diverso en soeces, solicitaba a los comerciantes fruta, verdura y demás víveres para dar de comer a los niños. Más terrible fue escuchar testimonios de personas cercanas a servicios jurídicos y de notarías que daban fe de niños golpeados y violados, de la práctica de abortos y tráfico de órganos dentro de La Gran Familia; de padres de familia que, jurídicamente, no podían hacer nada por sus infantes pues habían firmado documentos donde Mamá Rosa fungía como la única responsable de la custodia de los niños sin ninguna acotación o clausula para que ellos pudieran reclamar de nuevo el cuidado de los niños. Ni mucho menos los niños contaban con el derecho para libremente entrar o salir del edificio de La Gran Familia –cualquier parecido con un modo reactualizado de la esclavitud es pura y mera coincidencia.

Recuerdo la narración de una persona, sumamente cercana a mí, que fue a solicitar trabajo a Mamá Rosa por allá del 2007, gracias a la recomendación de otra psicóloga. Fue una experiencia que marco a esta profesional, ver cómo la puerta estaba sumamente asegurada con candados, padres de familia llorando porque no podían ver a sus hijos, para después ser recibida en un espacio que no daba lugar para ver cómo se daba la dinámica hacia dentro, un espacio de modo carcelario, además del fuerte olor fétido y pestilente; ese día fue testigo de cómo Mamá Rosa se dirigía de forma verbalmente agresiva a los niños. “Una persona así no puede hacerse cargo de cuidar a los niños” –fue su sentencia.

Por otra parte, también hay que decir que conocí testimonios de personas que fueron residentes por años de La Gran Familia, viviendo ahí su infancia, adolescencia y hasta llegar a la juventud. Los cuales no sólo están sumamente agradecidos con Mamá Rosa, con su “jefecita” que les dio techo, comida y estudios. Estos sujetos son ahora ciudadanos de bien, muchos han llegado a ser profesionistas exitosos, ser padres responsables y, sobretodo, agradecidos con la oportunidad de vida que se les brindó. Subrayó, agradecen de corazón, no por compromiso. Para muestra están varios vídeos que se han subido a las redes sociales en esta semana donde se ven apoyando al pie de la ventana a Mamá Rosa, que marchan convencidos de la inocencia de la misma.

Hasta hace unos días parecía que se confirmaban todos los testimonios de vejaciones que yo había escuchado, así como la posible responsabilidad de Mamá Rosa en la violación de un sin número de derechos humanos y de la infancia. Sin embargo, al más puro estilo del caso Pinochet, parece que la vejez se utiliza (y la utilizan) de manera perversa aquellas autoridades que deben administrar e impartir justicia. ¿Cómo es posible que los trabajadores y asistentes de La Gran Familia sí sean acusados y la directora y representante legal del refugio salga impune? Yo no digo, ni he afirmado, que los delitos sean ciertos pues “toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario”; no obstante después de haber escuchado y leído muchos testimonios y declaraciones me es difícil creer que Mamá Rosa no los había aprobado o, al menos, de haber sabido de los mismos bajo su mismo techo. El refranero mexicano contiene bastante sabiduría y aquí se aplicará el siguiente: “Tanto peca el que mata a la vaca…como el que agarra la pata”.

Varios personajes de renombre salieron a su defensa, Krauze y Jean Meyer son los más renombrados. Esto no nos debe sorprender pues ya todos sabemos que cuando uno tiene visitas en la casa, uno se esfuerza porque tener en orden y limpia la misma para que los invitados se lleven “la mejor impresión de uno”, tal vez estos personajes compraron sin ninguna reserva o crítica la labor de Mamá Rosas y un teatro montado para con las visitas. Cabe señalar que hasta el momento yo no he encontrado un reportaje, documental o vídeo donde reportero y cámara puedan acceder libremente al espacio de La Gran Familia a filmar. Es decir, lo que señalo es la opacidad y recelo de la administración a cargo de Mamá Rosa, la cual me parece sospechosa e inaceptable debido al trabajo que ahí se realizaba, cuidar a los niños.

De lo anterior es necesario señalar un punto indispensable de la llamada plaza pública: salir a la defensa a ultranza a la distancia como lo han hecho Krauze y Meyer nos habla de la manera, un tanto irresponsable, de cómo utilizan la pluma los llamados “líderes de opinión” que con base en su calidad “moral y académica” reparten a diestra y siniestra responsabilidades sin asumir el firme compromiso de indagar a cabalidad, con precisión y profundidad el fenómeno social. Es decir, van en contra de la misma lógica que les permitió avanzar en el mundo académico y comunicativo. Por otra parte, también es necesarios ser críticos con aquellos, menos famosos, escritores independientes que han salido también a la plaza pública a llevar a cabo una quema de brujas, llamando a Mamá Rosa ogresa, violadora, tirana y demás adjetivos calificativos. Éstos no se dan cuenta que escribir y transmitir ideas a un público conlleva una responsabilidad ética. Escribir de tal manera es combatir la violencia (aún sin demostrar) con más violencia ¿es ese el camino para construir una nación respetuosa de los derecho humanos? De fondo lo que señalo es la grave irresponsabilidad de la ética informativa que proviene de ambos bandos.

La adscripción a la Iglesia Católica hace que muchos agentes se muevan a la defensa de Mamá Rosa, que siempre trajo el crucifijo colgando del cuello como muchas familias de renombre de Zamora –los Sahagún, Bribiesca, Martínez, Verduzco. Esa misma ideología que refería al principio a permitido naturalizar, ver como normal los procedimientos de Mamá Rosa y ser apoyados desde estos mismos grupos tanto moral como financiera y políticamente. Para muestra tenemos los comentarios y publicaciones del clero católico de Michoacán que ha salido a la defensa de la labor que llevaba a cabo la señorita Verduzco.

Conforme mi acercamiento teórico-político yo no puedo abstenerme de tomar posición, yo sí creo que Mamá Rosa no sólo permitió sino incentivo tales actos sumamente reprobables. Una menor de mi familia política, llena de moretones, que estaba albergada en dicho espacio nos acaba de confesar el fin de semana anterior que sus compañeras fueron violadas por trabajadores de la institución, que varias fueron sometidas a abortos ahí mismo y varias de ellas murieron. Pero es muy distinto tomar posición, ser explícito de la misma, pero escribir con respeto a los derechos humanos y evitar así condenar por la vía fácil.

El caso de Mamá Rosa toca las fibras más sensibles y profundas de Zamora, Michoacán y también de muchos que nacional e internacionalmente han seguido la noticia. No obstante, colocar toda la atención en la inocencia y culpabilidad de esta octogenaria señora y sus colaboradores es quedar corto de mira. Lo realmente importante es reconocer lo retrasados que somos en tanto ciudadanos para proteger a los menores de nuestro país, a la gran tarea que hemos dado la espalda: brindar una calidad de vida y seguridad social a nuestros niños mexicanos. El señalamiento se debe dirigir a todos, sin excepción, desde el presidente de la república hasta el último ciudadano. No hemos sido capaces de exigir, demandar, de organizarnos para desarrollar programas de atención a los niños que no cuentan con las condiciones mínimas para una vida digna. Ni tampoco hemos sido lo suficientemente maduros, ni con la calidad moral y ética para actuar ante este tipo de hechos que lesionan los derechos de la infancia.

En caso de ser ciertos los delitos que se imputan, más allá de señalar a Mamá Rosas y sus colaboradores, el dedo acusador debe dirigirse a nosotros mismos, más a los zamoranos que escuchaban, veían, conocían de padres que intentaban luchar por sus hijos y pocos los apoyaron. Debemos ser muy críticos con nosotros mismos zamoranos, nativos y migrantes de la Sultana del Duero, que escuchamos y nos enteramos de tales hechos y nos quedamos con los brazos cruzados, que no fuimos lo suficientemente valientes para organizarnos y defender a esos niños. Debe también dirigirse a todos los profesionales, autoridades municipales, estatales y nacionales que tuvieron en sus manos las denuncias, las suplicas y demandas de los familiares de los niños y que no actuaron y ahora debemos buscarlos, indagarlos y deslindar responsabilidades. Nosotros somos los únicos responsables de que hechos como estos sigan siendo pan de cada día en nuestro país. Acaso ¿nos hemos vuelto un pueblo indolente, insensible al sufrimiento inmisericorde de niños, ancianos, mujeres e indígenas?

El caso de La Gran Familia es sólo reflejo de nuestra calidad ciudadana para con los niños en condiciones de orfandad y riesgo social. No nos engañemos de nuevo.