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La violencia invisible y empedernida del Valle de Apatzingán- La Opinión del Padre José Luis Segura

Los militares se pasean por los caminos y brechas del municipio de Apatzingán, quemando gasolina inútilmente y tostando a los renegridos soldados en el inclemente sol terracalenteño.

Los grupos armados se esfuman y reaparecen asustando a las poblaciones y realizando enfrentamientos, como los sucedidos hoy en Cerro Blanco y en Chiquihuitillo. Por supuesto no hay bajas ni heridos, pareciera que sólo usan balas de salva o que intencionalmente tiran al aire, con el afán de aparentar que se pelean, pero en realidad hacen sus pantomimas diarias, para no dejar de amedrentar a los pacíficos campesinos de la zona rural apatzinguense.



A veces uno quisiera que de verdad se enfrentaran y se decidiera quién o quiénes son los que ganan, tanta incertidumbre enferma a los habitantes de aquí, principalmente a los niños que continuamente se asustan con cualquier trueno que oyen y que no identifican, pero que más vale ponerse pecho en tierra.

Hasta en las capillas la gente se asusta cuando truena un globo que adorna los arreglos de las quinceañeras, brinca la feligresía y el cura, ya por costumbre adquirida, por natural y espontánea defensa de la seguridad destrozada y perdida.

Cuando alguien pregunta que qué sigue, lo invito a ver alguno de los videos que muestran desollamientos, descuartizamientos y demás horrores que los criminales aplican a sus contras. Gritos desgarradores, sonidos animalísticos que brotan de lo más profundo del dolor humano. Es terrible a lo que se ha llegado.

Casas quemadas, personas asesinadas en sus domicilios a plena luz del día, huérfanos traumados, familias desplazadas, ancianos aterrorizados, jóvenes desaparecidos, adolescente inducidos a la drogadicción y al halconismo, adultos en gavillas, armados a todas horas, retenes de civiles, quema de vehículos, llanto de viudas y de infantes atemorizados, gente de bien cansada de la atmósfera infernal de la criminalidad sin freno, sin reglas, enloquecida de sangre, de poder, de lujuria y de dinero.

Las autoridades compradas, los militares maiceados, las procuradurías corruptas y los jueces venales y desalmados, ávidos de poder, de dinero y de vanidades.

El conejo en su cueva, el bonito en su palacio, los políticos buscando hueso y las iglesias cobardes y amnésicas de su misión y de su Evangelio.