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Fiestas patrias, ¿para qué?

Por: Karla Chacer

Un mes en el que las ciudades se llenan de adornos y banderas con el motivo de conmemorar esos sucesos históricos que fueron pauta importante para marcarnos como nación; para recordar a aquellos héroes que dieron la vida por la libertad de los oprimidos por los conquistadores y para dar grito suelto con el famoso “¡Viva México!” que tanto nos caracteriza. Además de seguir alimentando a la memoria colectiva, el motivo de estas fiestas es el de exteriorizar nuestro orgullo de ser mexicanos, de nuestro país, en pocas palabras, dejar en claro que somos un país independiente, libre y próspero. Ante esto, ¿podemos decir que realmente estamos en esas condiciones?

El domingo pasado el GIEI dio a conocer su informe respecto a la investigación del caso Ayotzinapa, dejándonos ver la serie de irregularidades y omisiones en cuanto a derechos humanos que el Estado ha ido realizando desde que los normalistas desaparecieron. Lo delicado de todo esto es que no se trata de este único caso aislado, denominación que le han dado varios, sino que también se encuentran los casos Tlatlaya, donde murieron 22 civiles; Ostula, dejando de saldo un niño muerto y varios heridos; Apatzingán, Tanhuato, por mencionar algunos. Pareciera que el esfuerzo de esos héroes criollos no germinó lo suficiente, o al menos no nos hace sentir del todo orgullosos porque el contexto actual es tan criticable que es necesario que se convenza por medio de una torta, un jugo, un grupo musical del momento y unos cientos de pesos para juntar un grupo considerable de personas que se atrevan a fingir alegría durante el grito del representante en turno.

Verbena popular que año con año se realiza y que ni siquiera es capaz de asegurarnos seguridad aunque sea por solo ese breve instante, al menos así fue hace ocho años en el centro de nuestra ciudad, donde varias personas perdieron la vida y otras tantas resultaron heridas. Sí, se dijo que los culpables fueron castigados y que las víctimas recibieron un apoyo para resarcir lo ocurrido, pero el daño fue hecho: la sociedad se volvió temerosa y tuvo un pequeño flashazo de lo que nos rodea. Sin embargo, a los pocos meses el ayuntamiento se encargó de borrar la huella del crimen y con ello el recuerdo de lo que pasó esa noche. Parece ser que lo mismo ocurrirá con los acontecimientos anteriormente mencionados, serán arrojados al rincón del olvido y de la indiferencia.  Sumergiéndonos poco a poco a ese laberinto de la conformidad que Denise Dresser señala, dejando aparentar que nada serio pasa, que las penas e injusticias vienen y van.

Porque asistir a un grito donde se gasta una cantidad considerable del presupuesto público, ante una cantidad creciente de pobres no es nada beneficioso para el país. Un grito que en vez de celebrar, debería reclamar justicia y evocar a todas esas personas que continúan desaparecidas, de aquellas que siguen una larga fila que espera justicia.

“Y así como durante siglos hubo un consenso en torno a que la tierra era plana, en el país prevalece un consenso para no cambiar.” (Denise Dresser)

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