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El préstamo americano – La Opinión de Benjamín Mendoza

En la semana se hizo pública la existencia de una carta que el presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el compañero Andrés Manuel López Obrador, envió al rey y al presidente de España desde el día 1 de marzo del presente año. A su vez, otra carta muy similar bajo los mismos términos fue enviada al Vaticano con el fin de que llegue a las manos de la única persona a la cual, un gobierno de izquierda, le daría un trato especial en dicho Estado, en el campo de “destinatario” se puede leer el nombre de Mario Bergoglio, mejor conocido como “Francisco I”, el papa jesuita que más que líder religioso, en América Latina, ha fungido como catalizador político.

El compañero presidente se une a la lista de mandatarios de nuestra América que no niega la hispanidad, ni el mestizaje, pero que reivindica a los pueblos originarios y exige, de manera educada y moderada, una disculpa por el hecho que significó la conquista de América a manos de los imperios europeos, concretamente, el español. Después de que Evo Morales, Hugo Chávez, los Castro y hasta Trudeau, en la América Anglosajona, lo hicieran, Obrador mediante un vídeo compartido en redes sociales, expone sus intenciones al enviar éstas cartas y cuál es la finalidad buscada por parte del gobierno al cual encabeza, la reconciliación histórica en el marco del bicentenario de la consumación de la Independencia de México y el aniversario 500 de la caída de Tenochtitlan en el 2021.



La respuesta desde España no tardó, y de la mano, las dos instituciones, corona y gobierno español, rechazaron rotundamente la petición del presidente de México, alegando anacronismos y situaciones particulares de hace 500 años, dijeron “lamentar” que Obrador hiciera pública la misiva enviada. Por su parte, Bergoglio, desde la Catedral de San Pedro, no se ha pronunciado al respecto. Lo interesante del asunto no es analizar la respuesta de unos de los expositores históricos del colonialismo, como lo son la corona y el gobierno español, ni el silencio que caracteriza al Vaticano cuando se le alude como patrocinador de

alguna desgracia de la cual sacó provecho, lo interesante es analizar la reacción de los mexicanos ante tal acontecimiento, uno sin precedentes.

Un gran sector de los miles y miles de mexicanos que se han volcado en redes sociales y medios a emitir sus posiciones al respecto, pareciera reprobar firmemente y hasta con odio, la petición del presidente Obrador, acusándole de revisionista, ridículo, anacrónico (para no perder el toque gachupín), de absurdo y populista, han criticado enérgicamente el discurso de exigencia que busca una reconciliación de la memoria histórica en pleno siglo XXI. Como si fuese un recuerdo de algún mal sueño o una estampa surrealista de Dalí, México se muestra tal cual es, un país con un tejido social resquebrajado, donde la hipocresía y el racismo conviven disfrazados con las prácticas cotidianas políticamente correctas.

Los argumentos utilizados por los detractores no exhiben mayor complejidad y rayan en el simplismo propio del panfleto político, y es que ¿Quién podría oponerse a una solicitud de ese tipo siendo mexicano? El academicismo temporal, el clasismo puntual entre quienes ven lejano y ajeno el pasado de lo que hoy llamamos patria, el racismo representado, sobre todo, en la retórica iturbidista rescatando también a Maximiliano de las cenizas, la apología a la supervivencia del más fuerte y a la normalización de la violencia, de la guerra, juicios de valor contemporáneos, religiosos, la negación del pasado visto como un hecho vergonzoso y salvaje, bárbaro, ya superado, son los principales argumentos del germen más rancio, arcaico y agresivo de la derecha ideológica, que en esta coyuntura hizo, nuevamente, su acto de aparición.

Cuando Obrador solicita disculpas no reniega de la hispanidad, ni del sincretismo, ni del mestizaje, por el contrario, lo abraza, pero sobre todo, dignifica, al menos discursivamente, la imagen histórica de los pueblos originarios americanos y ahora mexicanos, los cuales no han sufrido más que desgracias desde que la ”modernidad”

descendió en el continente de los barcos europeos. Obrador no busca el arrepentimiento de la corona española, ni una indemnización económica por parte del gobierno español, Obrador busca que las cosas sean llamadas por su nombre, que los viejos poderes coloniales acepten su responsabilidad histórica en el desarrollo del tercer mundo y que todas las naciones, pero principalmente México, ese México criollo y profundamente aristócrata al que la gran mayoría de la clase media cree pertenecer, entienda de una vez por todas, que los pueblos originarios existen, que tienen voz y que merecen respeto.

El navegar con la bandera de la omisión del pasado, para concentrarse en el presente y el futuro bajo la idea de “no pensemos en lo negativo si no en lo positivo”, es lo mismo que negarlo, como quienes obvian el franquismo, el holocausto, el sionismo, la masacre palestina o los miles de muertos por el intervencionismo imperialista en América Latina y Medio Oriente, para afirmar que eso también ha traído consigo cosas buenas, ignorando por completo el derecho a la autodeterminación de los pueblos y qué, sin caer en moralidades, la visión de los hechos siempre se construye desde la posición hegemónica, donde nosotros, los que no tenemos voz, no podemos opinar. Negar el pasado nos condena a repetirlo.

Que un presidente, en este largo caminar de nuestra América y nuestra nación, después de 500 años, se pronuncie, de forma conciliadora pero firme, contra el viejo poder colonial, no responde a una estrategia política interna que busca promocionar una serie de festejos que tendrán lugar en tres años, la solicitud de disculpas de Obrador, que incluyen a Francisco I, es un mensaje claro y contundente para los nuevos poderes coloniales y el imperialismo rapaz internacional, con México, nunca más. El Estado Mexicano, desde su surgimiento, ha contraído una deuda con los pueblos originarios que se ha acrecentado con el paso del tiempo y que es momento de finiquitar, la integración de los pueblos nativos al proyecto de nación siempre ha sido un mito discursivo, hoy la 4T tiene la posibilidad de cambiar esa historia, de transformar esa realidad, de construir una nación junto a ellos.

El posicionamiento de Obrador es éstas cartas es la punta de lanza de la 4T en el imaginario colectivo, pues busca romper con la tradición histórica y academicista del relato de la conquista construido desde la visión occidental, al mismo tiempo que pretende rivalizar con el pensamiento hegemónico para reescribir el pasado desde un punto ideológico lejano al eurocentrista y anglosajón que ha caracterizado a México durante toda su historia. Hablar de saqueo, de genocidio, de explotación, de sometimiento, de crueldad, es algo de lo que siempre se le prohíbe hablar al oprimido y que no termina por justificar, ante los ojos del opresor, su rebeldía, por lo cual, al igual que Britto, que Guaicaipuro y que Evo, Obrador ve en las toneladas de oro y plata, de recursos naturales extraídos durante la colonia, nuestro “Plan Marshall” para Europa, un “préstamo americano”, uno de tantos que hemos hecho para ayudar a reconstruir un continente sumido en la barbarie de la guerra y el pre juicio, un “préstamo americano” que algún día deberán pagar, si es necesario, con intereses. Solicitar disculpas no es lo mismo que exigirlas, aunque tengamos la calidad moral para hacerlo.

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