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El poder de una foto en Mil veces buenas noches – La opinión de Karla Chacer

Desde la primera toma, vista desde los ojos de quien pertenece a occidente, el largometraje dirigido por Erik Poppe nos plantea un ritual poco normal: un grupo de mujeres rezan ante una fosa, en donde una mujer yace para su descanso eterno, o al menos así parece hasta que abre los ojos y sus compañeras la ayudan a salir.

A parte de nosotros, hay otro espectador que no deja de disparar su cámara para inmortalizar lo que sucede, Rebecca. Una fotoperiodista que no puede dejar las zonas de conflicto, con el objetivo de denunciar lo que ocurre en aquellos parajes que para muchos pueden resultar muy lejanos.



No comprendemos lo que sucede hasta que la mujer que descansaba en la fosa es envuelta en explosivos, es ahí donde comprendemos que se va a inmolar y Rebecca está dispuesta a seguir todo el proceso. Con sus dos cámaras y con la promesa de que no intervendrá (regla número uno de los que hacen fotografía documental o periodística), solicita acompañarlos un tramo en el auto. El grupo accede y se llevan a Rebecca hasta el centro de la ciudad, justo donde hay un mercado lleno de gente, en su mayoría niños y mujeres.

Aún con tiempo de huir, Rebecca decide romper la regla más importante y le grita a todos que corran, que una bomba explotará, sin embargo, muchos no pudieron salvarse, contando ella. Ahí vemos el compromiso por cumplir con su trabajo, pues no le importan sus heridas o lo aturdida que está, ella toma su cámara y captura lo que pasó segundos después de la explosión, hasta que cae inconsciente a causa de sus heridas. Todo esto la obligara a tomarse unos días para recuperarse.

Durante su descanso en casa, junto a su esposo y sus dos hijas, veremos cómo nuestra protagonista se desenvuelve en un entorno que a nosotros pudiera parecernos tranquilo y placentero, pero que a Rebecca le parece monótono y difícil de sobrellevar.  Además, veremos cómo su trabajo también afecta a su familia, quien parece no comprender la necesidad que emana de su ser por hacer fotoperiodismo.

El hecho de que ella sea una de los cinco mejores fotógrafos de guerra parece no importarle a su familia, ya no quieren sentir la angustia de si volverán a verla después de una de sus excursiones. Todas estas reacciones en su familia, harán que Rebecca se plantee si es el momento de retirarse. No quiere dejar su trabajo, pero la estabilidad de su esposo e hijas es prioridad, así que esta dispuesta al retiro con tal de que su familia se tranquilice.

Sin embargo, su hija mayor será quien la vuelva a llevar a las zonas de conflicto, pues esta en un proyecto escolar que se centra en África, y cuando sabe que a su madre le proponen ir a un refugio en Kenia, ella un dudará en pedirle que vayan. Con la esperanza de que al menos alguien de su familia la comprenda, Rebecca decide llevarla y ayudarle con su proyecto.

Desafortunadamente, en su último día de visita, un grupo de rebeldes llega al refugio y comienza a disparar; Rebecca siente la necesidad de capturar el momento con su cámara, pero su hija le insiste en que se vayan. A pesar de los llantos y súplicas de su hija, Rebecca la deja en un lugar seguro y se adentra al campamento para tomar todas las fotos que pueda. Justo cuando creían que el trauma no volvería a afectarla, la hija de Rebecca se percata de que su madre no cambiará, sin importarle que su familia peligre en el mismo lugar. Tal es su molestia que ignora el arribo de seguridad al refugio, gracias a las fotos de su madre.

¿Cuál es el desenlace de la historia? Los invito a ver la película y conocerlo, esta disponible en Netflix. Sin duda, es un largometraje que, si no logra tenerlos al filo de su sofá en los momentos de acción, los hará admirarse del trabajo de Rebecca, y del impacto que tiene.

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