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El efecto Gibrán: Pedir perdón o pedir permiso – La Opinión de Benjamín Mendoza

Después de más de un año de crisis, el MORENA se someterá, por mandato del Tribunal Federal Electoral, a una renovación de sus estructuras, al menos de su presidencia nacional y su secretaría general, bajo el régimen de encuesta abierta, siendo el INE mediante unas encuestadoras privadas quién, por lo menos de lejitos, vigilará la contienda. Con la convocatoria publicada, los plazos y los requisitos bien estipulados y el partido desecho, en un mes aproximadamente el partido que encumbró en el poder al compañero Andrés Manuel López Obrador estará estrenando dirigentes; ante la expectativa de nuevas sentencias que puedan darle curso a los Consejos Estatales y los Comités Ejecutivos Estatales también, así como al Consejo Nacional y las carteras restantes del Comité Ejecutivo Nacional, el Movimiento Regeneración Nacional sufre al interior la convulsión más escandalosa de su corta vida.

De todos los aspirantes registrados y todavía no registrados, el que más polémica ha levantado, sin duda, ha sido Gibrán Ramírez Reyes. El Secretario General de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS) quien además forma parte de la baraja de analistas políticos con planteamientos de izquierda que hoy nos presentan los medios convencionales en televisión abierta, ha sido un duro crítico de la situación que atraviesa el MORENA, no de ahora, sino desde hace un buen rato, señalando la falta de un programa que acompañe las políticas impulsadas por el obradorismo, las pugnas de facciones existentes al interior del movimiento que dentro de sus estatutos están prohibidas, la nula vigilancia de los gobiernos locales y las cámaras que, ante una elección tan atípica como la del 2018, el partido otorgó con el único fin de hacer presidente al oriundo de Macuspana, y la burocratización del movimiento producto del anquilosamiento de actores políticos que se han constituido como elites políticas asumidas por su conducta como las únicas legítimamente autorizadas para opinar y decidir; Gibrán ha estado en el ojo del huracán desde que hizo pública su aspiración, pero… ¿Por qué? ¿Qué pasa con él? ¿De verdad es el “telecandidato” como algunos morenistas lo señalan? ¿Es el infiltrado del salinismo? ¿Su gestión al frente de la CISS realmente ha sido opaca?

Al margen de todos los epítetos y acusaciones que se le fundan, así como al margen de sus respuestas que en ocasiones han abusado de lo técnico, el efecto Gibrán realmente puede presumirse como un sisma en la vida pública de México por cuestiones ajenas incluso a la contienda del Instituto Político en el cual milita, donde cabe señalar, dicho efecto ha resonado todavía con más fuerza.

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El efecto Gibrán no sólo pone de relieve el abandono juvenil que el neoliberalismo se encargó de afianzar, producto de la precarización laboral y el recorte de espacios aptos para el desarrollo personal de las juventudes en el occidente, también desnuda de cuerpo entero la infantilización de las sociedades de consumo y la tendencia mundial coercitiva de avejentar los múltiples sectores laborales bajo la idea de la meritocracia. De pronto ver a un joven adulto trabajar al lado de un adulto de mediana edad, en el mismo nivel e incluso en igualdad de circunstancias, nos parece absurdo y ofensivo, cuando en términos reales, debería ser de lo más normal del mundo atendiendo a parámetros biológicos e incluso técnicos.

Utilizando esto como hilo conductor de dicho análisis, podremos comprender lo que significa el efecto Gibrán en el escenario político mexicano, desde la Dresser utilizando su edad como argumento para descalificar su opinión, hasta la notable molestia del bloque morenista encabezado por Luján tras anunciar su aspiración a dirigir el MORENA que se ha traducido en ataques orquestados a su figura, es evidente que Gibrán ha hecho enojar a una generación de nuestro país que fue educada bajo esquemas culturales coloniales y decimonónicos que si bien, con el tiempo se han transformado discursivamente, dichos esquemas en el fondo siguen manteniendo el mismo interés conservador de preservar lo establecido y resistirse al cambio.

Su verdadero pecado no ha sido la opacidad en su gestión (todavía no comprobada) ni su “familia salinista” o el espacio que Multimedios y Televisa le brindan para emitir su opinión, su verdadera ofensa, a los ojos de sus “padres” morenistas, ha sido no formarse en la fila, no esperar a que ellos le provean de una trayectoria política, no pedirles permiso. Lo más curioso es que “el muchacho malcriado” ha expuesto, con su sola postulación a la presidencia del MORENA, todos aquellos males que aquejan al partido en el poder y que lo llaman a profesionalizarse y a madurar o a desaparecer como la única esperanza real de cambio bajo la vía pacífica.

El comportamiento faccioso, principalmente de los lujanistas en su contra, las quejas de los gobiernos y legisladores morenistas locales recabadas en su gira, el anquilosamiento de figuras caciquiles y de grupúsculos y “chapulines” a lo largo y ancho del país, así como la utilización de medios partidarios institucionales para promover candidaturas específicas, son argumentos qué, nos guste o no, terminan justificando de manera seria, el discurso y la candidatura del hijo rebelde que en la querella de generaciones, optó por pedir perdón antes que permiso.

La crítica realizada por Gibrán no tiene derechos de autor ni es propia de una zona geográfica determinada en un espacio de tiempo determinado, sin duda, la batalla política por la construcción y ahora la dirección del partido obradorista, así como los vicios ya señalados, fuera de la Ciudad de México, tienden a potenciarse debido a la histórica costumbre de centralizar el poder, sin embargo, el efecto Gibrán no debe remitirse ni encuadrarse en una sola persona, a decir mejor, en su sola figura, el efecto Gibrán debe lanzar a todos esos militantes obradoristas anónimos que siempre han estado relegados a la sombra de los supuestos “referentes” que se oponen al relevo generacional y que han encontrado, en el quehacer político, su manera de vivir a costillas del erario público, a tomar por asalto los espacios que siempre se les han negado y para los cuales seguro son más aptos; Gibrán ha puesto el tema en el debate público, el obradorismo debe de aprovecharlo.

El relevo generacional es parte del cambio también, los referentes históricos del obradorismo, así como los reciclados, deben entender que después de 20 o 30 años en el escenario político ya cumplieron, que su tarea no fue fácil pero que al final, se entregó en tiempo y forma y que llegó la hora de que perfiles nuevos refresquen la baraja de ideas y opciones que un partido tan joven, en proceso de maduración, necesita para revitalizarse. El fin del viejo régimen también significa eso, cortar con las ataduras del conservadurismo que mantienen a algunos de nuestros cuadros, e incluso a algunos de los más valiosos, renuentes ante posicionamientos como la despenalización del aborto o la legalización de las drogas es tarea del relevo generacional, así como la descentralización de los órganos de dirección y ejecución del partido para la democratización real de éste.

Gramsci dijo que mientras tarda el mundo viejo en morir y el nuevo en aparecer se genera un claro oscuro, y que en él surgen los monstruos, sin duda nos situamos en ese momento histórico. El efecto Gibrán, para que sea efectivo, deberá cimbrar las estructuras del poder político del viejo mundo acostumbradas incluso a rendir pleitesía (con excepción de Obrador) a las élites políticas de la izquierda, deberá inspirar el relevo generacional al interior del partido, deberá imponer esa nueva forma de hacer política nacida en el seno del obradorismo, pero sobre todo, deberá ser utilizado por la militancia para construir el nuevo mundo y en el camino, derribar a uno que otro monstruo. Siempre será mejor pedir perdón que pedir permiso.

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