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Bailes – La opinión de Oscar Álvarez Pereyra

Por Oscar Álvarez Pereyra

Ya está lloviendo de nuevo y ni para qué preocuparse de la ropa que dejó tendida: al paso que va la combi de todos modos no hubiera llegado para alcanzar a recogerla. La muchacha que desde hace rato le observa disimula como si viera a la gente corriendo por la calle y la hace sentir incómoda; a lo mejor y sí se le nota mucho que estuvo llorando afuera del super donde trabaja. No tiene claro cuándo fue que empezaron los problemas con la jefa de área o cuándo fue que de plano dejó de defenderse optando por no contestarle ya nada, dejando que le diga cualquier cosa.

Hoy fue otro mal día: no supo cómo pero los productos estaban mal acomodados y cuando una clienta fue a preguntarle algo sólo acató a medio levantar el brazo y señalar de manera vaga dónde estaban los chiles en conserva. Eso bastó para que la llamada de atención por su falta de compromiso con el trabajo y poco respeto para los clientes y personal llegara casi a los gritos. Bajar la cabeza una vez más fue su única respuesta.

La chica que le miraba al parecer ha perdido el interés y ahora su atención se centra en un bebé que llora por el calor que hace dentro de la combi que a estas alturas avanza a toda velocidad con ventanas y puertas cerradas, los cristales empañados no dejan ver nada afuera y sin querer se descubre mirando los rostros de sus acompañantes: enojo, fastidio, cansancio, miedo o abandono… sólo una parejita no pierde la sonrisa mientras se susurran estupideces de novios que les hacen ignorar a todos en ese mini universo de la humanidad. El bebé sigue molesto mientras la mamá revisa su celular. –Debería al menos tratar de arrullarlo… se dice a sí misma. No puede evitarlo y se transporta a otro lugar: Sus hijos.

Desde hace ya algo más de 6 años que se hace cargo de sus dos hijos ella sola, el papá, sencillamente se fue una noche alegando que se sentía ahogado entre tanto pañal y llanto no le dejaban estar a gusto ni por un ratito, dijo, y no ha vuelto a saber de él. –Fue mejor así… se consuela mientras recuerda que hay que ayudarle a Tíffany, la mayor, con la tarea en cuanto llegue, se da cuenta de que el uniforme de educación física está entre la ropa que seguro y se mojó, en cuanto llegue verá la manera de secarlo con la plancha o la secadora de pelo que ya no usa para su arreglo. Y es que no puede faltar a la escuela, si no, ¿Quién se la cuidaría todo el día?

Vuelve a ver al niño que llora y se recuerda cómo calmaba al pequeño Donovan: bailando. Con el tiempo se hizo costumbre el bailar en la casa casi en cualquier momento y sin motivo alguno. Brincan y se mueven siguiendo cualquier ritmo, sin mirarse al espejo, sin mirarse entre ellos, viéndose a las caras, esas caritas que dicen que se es feliz cada vez que se desea, sólo sonriendo y agitando al aire y la alegría el olvido de todo: carencias, dudas, miedos, enojos, fastidios, ausencias… de todo. Quizá hoy sea un buen día para volver a bailar. Ojalá y Tíffany no esté triste de nueva cuenta.

Para de llover poco antes de su parada, se siente mejor y apresura el paso para dar inicio al viejo ritual del baile: poner cualquier música que esté en el estéreo y subir el volumen hasta que tengan que hablar a gritos para escucharse entre ellos, mover todos sus huesos y poder sentir el sudor sanador correr por sus cuerpos dejándolos más cansados, pero más

libres; correr por toda la casa para ver quién llega primero a la cama a ganar la almohada grande y rendirse entre respiraciones cortadas y abrazos con una felicidad llena de vida para poder olvidarse del trabajo, de la jefa de área, del super, de las deudas, de los hospitales… del mundo y de la vida.

Mete la llave a la cerradura y se da cuenta que la casa está prácticamente a oscuras, la televisión sin volumen alumbra la salita que tiene mucha ropa sin planchar y restos de las cena de la noche anterior. –Buenas noches amor… lo dice casi como un susurro tratando quizá de no despertar algún mal recuerdo que termine por robarle el atisbo de sonrisa que lleva en el rostro. Silencio. No hay respuesta a su saludo mientras prende la luz dándose cuenta que no hay nadie que le responda. El silencio le da miedo. Sabe lo que el silencio significa.

No se atreve a prender el estéreo ni a moverse, el silencio para de golpe cualquier intención o pensamiento. Tiene miedo. Teme al silencio. El ruido de la puerta la asusta regresándola a su mundo. La niña entra con un paquete de galletas, distraída apenas avienta un “hola” al viento para dejarse caer en el sillón que aún huele a medicinas buscando el control para subir el volumen del televisor. Cualquier conversación se muere en ese oscuro silencio que las rodea.

-No estés triste… le dice a su hija que hace como que no la oye, -Ándale, prende la música que traigo muchas ganas de bailar… Tíffany sube los hombros sin ánimo y le ofrece una galleta sin decir palabra. El brazo extendido se queda sin respuesta. –Por lo menos apaga la tele, ándale, vamos aunque sea a platicar un ratito… las galletas son más importantes que cualquier cosa que pase; apenas el ruido lejano del aparato apaga el silencio de ambas. –Ándale, no seas así, mira que yo también me siento triste… nada, ni una sola palabra.

Cansada de pedir sin tener, decide prender el estéreo y subir todo el volumen, apaga la tele jalando a su hija desde el sillón para empezar el baile. Se resiste. La toma de las manos y la sacude con el ritmo de salsa que dice que yo no sé mañana y a gritos sigue la letra hasta que la costumbre o el recuerdo se mete en sus ánimos y tomadas de las manos empiezan a moverse, a sacudirse el silencio, a bailar moviendo sus cabezas gritando, riendo… bailan entre ropa y trastos tirados, se tropiezan y se abrazan sosteniéndose una a la otra apoyadas en la risa que les ilumina el rostro. La niña da un traspié y cae entre carcajadas. Casi ahogándose trata de levantarla y siente el jalón cayendo a su lado. Para levantarse se apoya en la caja donde guarda las cosas de Donovan que no se ha animado a deshacerse de ella desde que murió de cáncer hace casi seis meses.

La música a todo volumen se convierte ya en un ruido lejano que las deja tiradas sin ganas de moverse. Sin prisa se levanta para apagar el estéreo y de nuevo todo queda callado, como el hospital, como la funeraria, como sus vidas. Ya no hay la carrera para ganar la almohada más grande, sólo pasos taciturnos que les lleva a su cama y al día siguiente que habrá de transcurrir.

-Buenas noches… atina a decir ya casi como por costumbre. No hay respuesta.

Sólo silencio.