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A 25 años de “La Culebra” – La Opinión de Benjamín Mendoza

Los noventas se caracterizaron por ser una década bastante convulsiva para la historia del mundo, México no fue la excepción, y arrastrando un fraude electoral que le costaría al país 30 años más de miseria, una serie de sucesos que fueron desatándose en cadena alteraron la vida pública de la nación, siendo el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el candidato a la presidencia de la república por el partido oficialista, el PRI, el suceso más recordado de aquella década por el pueblo mexicano. Sobreponiéndose al asesinato de un Cardenal, a las chicas asesinadas en Ciudad Juárez, a la guerra entre capos de la droga, al alzamiento del EZLN, a las visiones de fantasmas y el mítico monstruo que devoraba la sangre del ganado, el asesinato de Colosio hoy todavía juega un papel importante en el imaginario colectivo mexicano, pero… ¿Lo vale?

Hace una semana y media, se cumplieron 25 años del asesinato perpetrado por Mario Aburto en la colonia de Lomas Taurinas, en la ciudad de Tijuana, al son de la “La Culebra” de la Banda Machos, dos disparos entre el tumulto le arrancaron al vida al candidato del Revolucionario Institucional y casi presidente, uno en el tórax y otro en la cabeza, lo fulminaron junto a sus deseos de gobernar el país que de a poco se caía bajo el régimen neoliberal de Carlos Salinas de Gortari, y que colapsaría con el famoso “Error de diciembre”. Así murió el hombre priista, corrupto, represor y lacayo del salinismo para darle nacimiento al mito del hombre demócrata, conciliador, inquebrantable, incorruptible, al cual el régimen “sacó de la jugada” precisamente por detectar en él esas virtudes que impedirían que las cosas siguieran iguales; en un país donde lo que sobra es esperanza, tras 70 años de hegemonía priista, con su muerte física, Colosio obtuvo su inmortalidad política.



La zozobra política, la ingobernabilidad, la inseguridad, la miseria, la represión y el autoritarismo como mecanismos de resolución de problemas, el silencio a punta de metralla, la mentira, la impunidad, el tráfico de influencias, la corrupción, el abuso de poder, la simulación, el fraude, la pobreza, la desigualdad, la desesperanza; cuando estos factores conviven bajo el mismo cielo, el ambiente es propicio para que “falsos profetas”

tomen por asalto el escenario público y las leyendas perfumadas con supuestos y añoranzas se cuenten bajo la idea del “que hubiera sido”, en especial cuando la vida se arrebata así tan de golpe, sin esperarlo. En tiempos difíciles, los muertos se vuelven mártires, los mártires mitos, y los mitos se canonizan, sin importar nada.

El largo y difícil caminar del pueblo mexicano rumbo a la democracia ha sido tan caro que la necesidad de creer en algo o en alguien ha sido de la misma magnitud, tan grande es esa necesidad que el pueblo mismo, por pasajes, se ha confundido, confusión que lo ha llevado a tergiversar algunos hechos, a olvidar otros, y a su vez, a construirlos. Un candidato priista a la presidencia de la República asesinado en plena campaña (vayamos a saber algún día por qué), fue suficiente para llenar el vacío de liderazgo en el imaginario colectivo mexicano, para construir conspiraciones que lo situaban al lado del pueblo y en contra del régimen, para darle peso a discursos repetidos durante años pero que de pronto parecían cobrar sentido, para alimentar esa retórica del “México Bárbaro”, del “ya merito”, “del jugamos como nunca pero perdimos como siempre”, para levantar estatuas a un ídolo que no existió nunca, para creer que en el pasado reciente, México tuvo un hombre equiparable a Juárez, a Cárdenas, a Morelos, a Villa, pero que los poderosos nos privaron de su bondad.

Luis Donaldo Colosio se afilió al PRI en pleno 1968, donde las luchas estudiantiles y el reflujo de la liberación sexual y las revoluciones socialistas permeaban a las clases medias y bajas de México, inmejorable atmósfera para definirse políticamente, era más fácil, en esa época, si se era joven, volverse comunista que escuchar una canción de “The Beatles” en la radio. Desde entonces caminó al lado del Revolucionario Institucional en todas sus “luchas”, jamás criticó las posturas represivas ante los movimientos populares que provocaron los intentos de insurrecciones civiles en aquellos años, fue operador de infinidad de candidatos de ese partido, diputado, senador, presidente nacional del PRI y nuevamente, cuando tuvo otra coyuntura importante para definirse en el 88, le dio la espalda a la corriente democrática del tricolor que junto a Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo (hoy Presidente de la Cámara Baja), Heberto Castillo (Secretario General del Partido Comunista en esos momentos) y Obrador ( hoy Presidente de la República), fundarían el PRD.

Fiel al salinismo, parte del “Grupo Compacto” y un tecnócrata declarado formado en Estados Unidos, Colosio avaló todo lo hecho por el régimen, desde “El Quinazo” y Elba Esther, el TLCAN y la privatización de empresas, hasta los asesinatos de más de 500 opositores vinculados al PRD y a la lucha popular, los fraudes del 88 y del 92 en varios estados y la venganza de Salinas contra Michoacán escrita con la sangre de Ovando, en todo esto, Colosio no sólo fue cómplice, si no participe. Como coordinador de campaña y luego secretario de la recién nacida y ahora extinta, Secretaría de Desarrollo Social, respaldó siempre al presidente en turno, lo defendió de sus detractores sin importarle que éstos mismos fueran del PRI, legitimó decisiones y operó el programa “Solidaridad”, el cual, a la distancia, podemos señalar como el “plan maestro” salinista. Perverso, indolente, insensible y corrupto, así fue Luis Donaldo Colosio.

Lo único que el tirano no puede robarle al esclavo es su corazón. Tras el fraude electoral del 2006, el pueblo mexicano, con ese enorme corazón que lo caracteriza, inventó una fantasía para sobreponerse a la realidad, a la realidad de Aguas Blancas, de Acteal, de Atenco, a esa realidad donde el ejército ocupa universidades y los jóvenes las calles, a esa realidad donde la voz del pueblo no cuenta y las mujeres desaparecen día a día, se creyó sus propias mentiras, al grado de convertirlas en un mito, uno que no tiene sustento pero que hace más llevadero el fracaso, uno que ayuda a sobrevivir.

Después de años de lucha constante y a 25 del asesinato de Colosio, podemos concluir que no vale la pena, ni recordar si quiera, el magnicidio de Colosio como un hecho importante en la historia reciente de nuestro país, al menos para el pueblo, el cual, de apoco, borra de su mente la figura del mítico demócrata sensible y revolucionario para verle como realmente era, un corrupto, insensible, autoritario y vulgar priista, liberándose de la carga simbólica de los fraudes electorales, las matanzas y el saqueo indiscriminado, el pueblo comienza a distinguir entre un complot y un conflicto de intereses, entre necedad y patriotismo, entre demócratas y priistas, entre Colosio y Obrador. Tal vez la Banda Machos, aquella tarde en Lomas Taurinas, no hacía otra cosa que advertirnos sobre lo que se venía, el pueblo gritó “¡Ay la culebra!”, Colosio nos mordió los pies, hasta el cansancio, pero como José, al final, pudimos huir de ese reptil ficticio que se alimentaba de sueños, para ahora volverlos realidad en la 4T.

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