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Disfraces – La Opinión de Oscar Álvarez Pereyra

Nov 21 • Columnistas

Por Oscar Álvarez Pereyra

Con el cigarro en la mano, fija la vista en un perro flaco que se lame la miseria de la vida que lleva embarrado en todo el cuerpo mientras el sol frío de las tres de la tarde le quema los recuerdos de cuando su mamá la regañaba por comerse las uñas cada vez que se ponía nerviosa, como ahorita que ya lleva más de media esperándolo en la placita donde quedaron de verse y disfrazada de adelita. -Va a ser una fiesta de disfraces con algunos amigos y sus novias… le dijo a gritos entre el ruido del bar. Él no apuraba la cerveza que tenía desde hacía ya cuatro copas que llegaban para ella mientras hablaba sin parar de que si no estaba muy acostumbrado a ir a esos lugares pero que habían sido sus amigos que lo habían invitado y ni modo de decir que no, que si su trabajo no era muy bueno pero que por el momento no tenía más opciones y tendría que esperar una mejor oportunidad, que si qué bueno que la había encontrado para poder platicar mientras los otros gritaban y chiflaban a las chicas de la pista, que si era una suerte además que fuera tan linda y tantas otras cosas que no terminó de escuchar cuando se oyó por las bocinas: “Natasha, a vestidores…”

Lo ve llegar de mezclilla con camisa blanca y un paliacate en la mano con la sonrisa disculpándose por la tardanza culpando al tráfico que está de locos porque hubo desfile y desviaron todas las rutas haciendo que sea más difícil llegar al centro… el beso en la mejilla la obliga a oler su loción barata sintiendo un abrazo casi tímido, con miedo, con asombro con pena, con alegría… con morbo. Le enternece. Ya se da cuenta de que es joven, que disimula su nerviosismo hablando sin parar mientras caminan a la parada de las combis, que le permite subir primero y antes de que salga de su sorpresa le diga: “Yo pago”, ella no entienda cómo es que sigue con él, vestida de adelita, con tacones, con moños de colores en la cabeza, con el pensamiento de que al menos un taxi debió haber pagado para ella, con la idea de que le gusta su sonrisa pensando que no sería mala idea presentarlo con sus hijos… -No sé bailar, así que o nos quedamos platicando o te aguantas a que te pise sin querer, pero no te preocupes, de veras que somos puros amigos del trabajo y te vas a sentir bien a gusto, unos llevan a sus esposas y las otras chavas son bien alivianadas… a ella no le importa cómo los ven los demás pasajeros perdiéndose en las palabras y sonrisa entusiasmada de su acompañante.

Casi cuarenta minutos de viaje sin aparecer el destino le permiten perderse en los recuerdos escuálidos y despintados de una mamá que le grita que se quite ya del espejo porque de todos modos está fea y con esa pinche sonrisa de mensa nadie la va a buscar, que se venga a lavar los trastes que no tarda en llegar su papá y hay que tener la comida calientita como a él le gusta, que ni diga que no es su papá porque él siempre se ha hecho cargo de ella y nunca le ha faltado nada, que la trata igual que a sus otros cuatro hermanos y que hasta agradecida había de estar por no tener que andar en la calle. Se empieza a morder las uñas porque siente que no va a llegar a tiempo de verse con Mauricio como habían quedado para ir al cine o a “otro lugar donde puedan estar más a gusto”; a la carrera deja los platos en la mesa gritando a su mamá desde la puerta que se la hace tarde para ir a hacer la tarea de equipo que les dejaron en la escuela, corre hasta llegar para sentir ese abrazo que le llena de calor, del que no quiere soltarse, que hace que nada más importe, que le dice que su novio la quiere… y esta vez le va a decir que sí, que vayan a dónde él quiera, que no le importa nada, que quiere estar a gusto con él y que él esté a gusto con ella, para que no deje de quererla, para que no deje de abrazarla.

Unas botellas de tequila barato están entre refrescos de toronja junto a una bolsa de hielo que amenaza con empezar a tirar agua en una mesa que sirve también para el estéreo que grita con desesperanza canciones de banda. Todos están sentados alrededor de la cochera que responden con un “hola” cargada de miradas. Incómoda, prende un cigarro para distraer las ganas de morderse las uñas y se acuerda de las palabras de Adolfo la primera noche que llegó a trabajar al bar: “Ríete, ríete… que nadie se dé cuenta que tienes miedo” aspira hondo llenando el miedo de sentirse frágil y desamparada… Por fin siente el alivio del brazo que la toma por la cintura acompañado de esa sonrisa, se abandona abrazándolo sintiendo el alivio de unos brazos que la acompañan para salvarla otra vez del abismo de sentirse perdida, se aferra a él, se aferra al abrazo sintiendo la aprensión del otro al tenerla tan cerca. Lo besa apenas rozando los labios haciendo que la fiesta de su cabeza siga sin importar cuánto tome…

Aquella noche no pudo dormir bien, era ese dolor dentro de ella que no le dejaba acomodarse en la cama, dentro de ella, no de su cuerpo, dentro, como un vacío que no se llena con cualquier cosa. Nunca le dijo a nadie que Mauricio no había sido tierno con ella o que le había dolido tanto que jamás volvió a sentir nada cuando estaban juntos, se lo guardó como el secreto de las ganas de que su mamá la abrazara en esos días como la abrazaba cuando apenas era una bebé. Así le gustaba imaginarlo: su madre la rescataba de cualquier llanto, de cualquier sufrimiento con un abrazo, desde la cuna, desde siempre, desde nunca. Caminó muchos abrazos antes de que dios le diera al primero de sus hijos que nació tan raquítico que tuvo miedo de que fuera una muestra de la falta de amor de su corazón viéndolo tan triste en el hospital y luego en su casa, que prefirió no abrazarlo para no contagiarse de la angustiosa necesidad de vivir que tenía aquel niño tan falto de amor y gracia. Al principio era fácil dejarlo con la abuela que lo recibía con ese abrazo tan cargado de remordimiento que apenas lo dejaba liberarse de la vida que le esperaba, luego, al nacimiento de su tercer hija ya no pudo contar con el apoyo materno y tuvo que buscar un trabajo más en forma para conseguir algo de comer para ella y sus tristes recuerdos de amor que lloraban con cualquier pretexto. Hubo tantos trabajos y abrazos que prefirió perder la cuenta cuando Maricela le dijo que por qué no se iba también al bar donde podía ganar buen dinerito con esas tetas tan desaprovechadas…

Se fueron de la fiesta amontonados en el carro de un amigo que ofreció llevarlos cerca del centro donde podían tomar un taxi para llevarlos a su casa que no los llevó a otra parte más que al hotel que ella llevaba a sus clientes donde pudo tener un precio mejor para pasar un rato y poder platicar, estar más a gusto sin que nadie los interrumpiera, para poder sentir el alivio de la ternura de una palabra, de una caricia, de un abrazo… le pidió que la abrazara antes de cualquier cosa mientras imaginó que él era ahora sí, el indicado, ese que podía pasar más días con ella y sus hijos: a quien prepararle su comida favorita teniéndole una cerveza fría en el refri para cuando llegara cansado del trabajo, ir todos al cine los días que ella no tuviera que trabajar; poder comer fueras con el carro que podía comprar si se organizaba y ahorraba para comprarlo; tener fiestas de cumpleaños para invitar a sus hermanos y su mamá estando todos juntos para comer pozole y reír como cuando eran niños; y tener su abrazo todos los días…

Fue como siempre, sin sorpresas ni encuentros inesperados con el sudor del cuerpo y las palabras a las que ya estaba acostumbrada sin dejar nada más allá al abrazo esperado dejando en sus oídos la triste frase de: “¿Cuánto es…?

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