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Años- La Opinión de Oscar Álvarez Pereyra

Dic 20 • Columnistas

Por Oscar Álvarez Pereyra

Fueron 24 años que la esperó. Sucedió así: el primer día de clases de sexto grado los sentaron en el mismo mesabanco hasta que antes de la hora del recreo la maestra ya había decidido cambiarlos de lugar por el desorden que hacían. Ella, con su pelo rubio agarró junto a su pena la mochila para cambiarse de lugar, él, con sus kilos demás se quedó haciendo como que guardaba la libreta mientras que se quedaba con el calor de su sonrisa. Aun así aprovechaban los descuidos para aventarse papelitos con frases absurdas pero divertidas y a la hora del recreo cada quien se fue a jugar con sus amigos. Al llegar a casa no hubo a quién contarle de que ahora tenía ya en el estómago el sabor del primer amor.

Los tiempos y sus costumbres cambian al día para la gente, para los niños, para los sentimientos. Sucedía que en esos días no existía la prematura ansia de convertirse en adultos o las complicadas palabras para que existiera un compromiso de entendimiento. La miraba desde lejos con la devoción con que no hacía mucho veía los juguetes en los aparadores en los días de navidad, se sentía alegre tan sólo al verla llegar, hacía cuanta gracia se le ocurriera para ganar su sonrisa, no perdía la oportunidad para trabajar juntos, para estar en sus pensamientos… como lo estaba el niño que a ella le gustaba. Y se acostumbró a ser el amigo que sabía todos sus secretos que los guardaba bajo llave en una esperanza de silente compañía esperando la magia del momento que unos dedos tímidos se entrelazaran con los suyos para caminar de la mano por las calles y jardines de aquella ciudad de su infancia. Odiaba ser su amigo.

No hubo el final de película que tanto esperaba para el final del curso escolar, de manera sencilla con el preámbulo de las prisas cada quien se fue con apenas un “hasta luego” cada quien caminó en sentidos diferentes. Aunque sabía dónde vivía de aquella vez que la fue a visitar cuando estaba enferma, nunca tuvo el valor de buscarla, no, ¿Para qué?…

A veces la casualidad juega de tal manera que logra que los seres humanos confundan el significado de palabras tan sencillas como esperanza. Mientras que la adolescencia los asaltaba cada noche haciendo que él ganara en kilos lo que ella ganaba en belleza, la vida los arrastraba a la necedad de encontrarse quedando en el aire la promesa de ir a visitarla para comer o platicar… cuando por fin se animó a la tan prometida comida fue su abuela quien le dijo que ella ya no estaba en la ciudad, que se había ido al norte a vivir con su mamá, así, sin más historia por contar. Y fue que con las misma simpleza que después de algunos años ella se presentó en su puerta para pedirle que si la acompañaba a reinscribirse en el bachillerato “regresé y pensé en ti para que me acompañaras” le dijo con tal naturalidad que se fue tras ella mientras hablaba de cómo había cambiado la ciudad en los últimos años y preguntando si había visto a alguien más de la escuela… esta vez lo abrazó cuando se despidieron dejando la risa clavada en sus oídos, tan cerca de su corazón.

Ahora ya eran grandes y podía invitarla al cine o a tomar un café para platicar o ir a caminar o hacer tantas cosas que siempre había esperado, llegó varias veces con ella colgada del brazo a las fiestas organizadas en su escuela con aquella mujer rubia en minifalda que bailaba con el desenfado que la belleza les da como arma a algunas mujeres, sonrisas coloreadas anunciaban su presencia dejando a todos y todo lo demás en una como bruma que no permitía más que el movimiento de sus encantos donde quiera que se paraba. Así los veían todos, así la veían todos mientras que él sonreía esperando que su momento no terminara, esperando que su novio la volviera a dejar plantada y que fuera a él a quien llamara para que la invitara a “cualquier lado…” seguía siendo el amigo de “toda la vida” que aguantaba sus secretos ajados de desamor por aquellos que una y otra vez le desgarraban el alma, era su amigo que aguantaba su cabeza en el hombro sintiendo las lágrimas despechadas por los otros, era el amigo que acurrucaba su ternura de niña cada vez que sentía como la soledad la arrancaba de este mundo. Después de una intimidad de abuelos la despedida llegaba de la misma manera: un abrazo, quizá un beso en la mejilla y ella sobándole el estómago diciendo a modo de despedida: “te cuidas gordito”.

Un día supo que tenía un novio con quien de la noche a la mañana se casó, tuvo una hija y se volvió a ir a vivir a alguna ciudad imprecisa del norte. Fue tan absurda la historia que la aceptó sin sentir nada, absurda como lo fue el momento que tiempo después se la encontró en el cine cargando una niña de menos de un año que se entretenía chupando una paleta roja de dulce, “¿Te espero a comer mañana en la casa? ¿A eso de las tres?” – Está bien, mañana a esa hora llego… con el mismo ritmo que deja la lluvia le contó que “sí, me casé con él, nos fuimos a vivir con mi mamá para ver si allá encontraba trabajo porque acá sus papás no lo habían querido apoyar y después de un tiempo, pues se regresó solo dejándome allá con la niña. La verdad no sé por qué regresé pero me dio tanto gusto verte en el cine que lo sentí como una señal y pues no me aguanté y por eso fui a buscarte… espero que tu novia no se haya enojado…” la vida corría con tanta monótona prisa que él se hizo a un lado para poder mirar mejor y tratar de entender qué era lo que estaba sucediendo.

Cuando ella empezó a llorar no tuvo otra reacción que abrazarla acariciando su cabello mientras los suspiros mataban las palabras antes de que llegaran a sus labios, y pensó con cierta ironía lo que habría dado por ese abrazo tanto tiempo atrás cuando él apenas tenía doce años y ella no era una señora con todo el encanto que la maternidad le había dado a su cuerpo y la belleza floreciendo apenas en su rostro la madurez de la juventud. Era bella.

Algunos días los pasaba al lado de ella con la naturalidad de los maridos viejos quienes huyen de la rutina del sexo para dedicarse más tiempo al corazón y al entendimiento. Los días caminaban lentos y seguros como cuando se escribe el futuro, entretejiendo gustos y verdades andaban del mercado a la misa, de la cocina a la sala, aunque nunca a la recámara. Cada noche las despedidas terminaban en el juego y la frase de “te cuidas gordito” dejando para un después las ansías del beso y del abrazo que a él no alcazaba el valor para pedirlos o robarlas. Ya habría tiempo, a fin de cuentas esa sería su historia: una vida al lado de su primer amor de la infancia siendo felices y así sería por siempre. Sí, seguro así sería…

El medio día de un martes una sobrina lo esperó en la esquina por donde siempre llegaba para decirle que “no llegues a la casa porque su esposo está aquí desde la mañana, que ella después te busca…”

Desde ese día pasaron 24 años en los que hubo recados, notas, cartas, llamadas, postales, palabras en la distancia que lo dejaban después expuesto a la transformante idea de la esperanza obsesiva de poder al fin decirle sin tapujos y de frente que la amaba, que él no

quería ser su amigo, que odiaba ser su amigo si era su cuerpo y su alma lo que quería acariciar a cada momento, podría decirle que después de su divorcio aún estaban en la edad de rehacer una vida como lo dijeron la última vez que hablaron años atrás por teléfono…

Hay épocas que nos acostumbran a los milagros, o así lo queremos creer. Seis días antes de la navidad le llamó de madrugada para decirle que si pasaba por ella al aeropuerto porque acababa de llegar con planes de quedarse a vivir. Tardó en entender cómo es que tenía su número de celular mientras manejaba alejando de esta forma los pensamientos de no saber qué decir o hacer cuando por fin la encontrara… en la sala de espera la reconoció por su mirada y se abrazaron. Las palabras fueron tan libres como ese primer día de clases, aunque cansadas por tantos recuerdos de una vida trasijada, y brotaban con la naturalidad de la conversación que sabe que no ha terminado. Los primeros días fueron un poco agitados visitando a los familiares que se alegraban de volver a verlos juntos “después de tantas cosas y de tanto tiempo” hubo comidas de bienvenida terminando en vistas a bares para bailar donde él se disculpaba por un dolor en la rodilla que no lo dejaba en paz terminando la noche en su puerta teniendo como despedida ya sólo la frase de “te cuidas…”

Casi tuvieron que pedir permiso para un día, a petición de ella, fueran a comer y luego a caminar. Después entraron al cine a ver una mala comedia que sirvió para que ambos se sintieran con el mal ánimo de una tarde aburrida, caminaron señalando con poca emoción las nuevas construcciones y los negocios que ella no conocía hasta que el frío los obligó a huir. Camino al estacionamiento, él sintió que unos dedos tímidos se entrelazaran con los suyos dejando correr el escalofrío hasta una cara que no demostró nada. En la puerta de la casa desvió la boca para escapar del beso de manera tan torpe que prefirió ver a otro lado cuando ella le preguntó si vendría mañana para ir a almorzar, – Claro, paso a eso de las once…

No, no volvió porque así como nunca tuvo el coraje de decirle cuánto la amaba, tampoco tuvo el valor de decirle que no regresaría porque estaba vieja, gorda y fea.

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